martes 28 de febrero de 2012

El 27 de febrero de 1812, Belgrano estableció dos baterías de artillería en ambas orillas del río Paraná, próximas a la entonces pequeña población conocida como Villa del Rosario (la actual ciudad de Rosario). En esa misma fecha, hacia las 18:30 hs, y en solemne ceremonia, Belgrano dispuso que fuera por primera vez enarbolada una bandera de su creación (se presume que de dos franjas horizontales, blanca la superior y celeste la inferior). La tradición señala que esa primera bandera izada por Belgrano fue confeccionada por una vecina de Rosario de nombre María Catalina Echevarría de Vidal y quien tuvo el honor de izar la enseña fue un civil, Cosme Maciel, también vecino de Rosario. En esta ciudad se encuentra el Monumento Histórico Nacional a la Bandera asentado en el Parque Nacional a la Bandera.

¡Soldados de la Patria! En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro Excmo. Gobierno: en aquel, la batería de la "Independencia", nuestras armas aumentaran las suyas; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo "¡Viva la Patria!"

El Gobierno Nacional el 3 de marzo de 1812 prohibió al general Belgrano utilizarla, por razones de política internacional, ordenándole que la ocultara disimuladamente y que la reemplazase por la usada en la Fortaleza de Buenos Aires (la rojigualda). Como Belgrano partió hacia el norte para hacerse cargo del Ejército del Norte, no tomó conocimiento de la orden de desechar la bandera. Luego de avanzar a San Salvador de Jujuy, el 25 de mayo de 1812 celebró el segundo aniversario de la Revolución de Mayo con un Te Deum en la iglesia matriz, durante el cual el canónigo Juan Ignacio Gorriti la bendijo. El 29 de mayo Belgrano informó al gobierno:

(...) el pueblo se complacía de la señal que ya nos distingue de las demás naciones (...)

El Triunvirato amonestó por ello a Belgrano el 27 de junio, quien contestó el 18 de julio diciendo:

"La guardaré silenciosamente para enarbolarla cuando se produzca un gran triunfo de nuestras armas".

El 24 de julio la entregó al Cabildo de Jujuy. El triunfo lo obtuvo él mismo el 24 de septiembre de 1812 en la Batalla de Tucumán.

En enero de 1813 Belgrano volvió a confeccionar otra bandera, lo cual fue aceptado por la Asamblea del Año XIII al iniciar sus deliberaciones el 31 de enero de 1813, siempre y cuando fuera sólo usada como bandera del Ejército del Norte, y no del estado.

El día 13 de febrero de 1813, después de cruzar el río Pasaje (desde entonces llamado también Juramento), el Ejército del Norte prestó juramento de obediencia a la soberanía de la Asamblea del Año XIII y fue Eustoquio Díaz Vélez, como mayor general, quien, además de conducir la bandera celeste y blanca reconocida por la Asamblea, tomó juramento de fidelidad a la misma al general Belgrano, quien después hizo lo propio con Díaz Vélez y el resto del ejército.

El 20 de febrero de 1813 se libró la Batalla de Salta, en la cual Belgrano logró un triunfo completo. Esta es la primera batalla que fue presidida por la bandera celeste y blanca, como bandera del Ejército del Norte. Concluida la batalla de Salta la bandera fue colocada en el balcón del Cabildo por Eustoquio Díaz Vélez y los trofeos apoderados de los realistas ubicados en la Sala Capitular.

La bandera fue adoptada oficialmente como símbolo de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 20 de julio o 25 de julio de 1816 por el Congreso General Constituyente de San Miguel de Tucumán. Es el mismo Congreso que había proclamado el 9 de julio de 1816 la Independencia argentina. En dicho Congreso participaron diputados que representaron a Tarija y otras zonas al norte de Argentina, actual Bolivia. En esa sesión se confirmó el uso de la bandera creada por Manuel Belgrano como la única bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta bandera es la que la República Argentina recibió en herencia.

Juana Azurduy de Padilla


Recordemos los nombres de Mariquita Sánchez de Thompson; las acciones valerosas de Martina Céspedes, de Ana Riglos y de Melchora Sarratea, a las que la búsqueda de la libertad política lleva a un protagonismo inusitado para el llamado sexo débil.

También destacó Magdalena Güemes, a la que le decían Macacha. Era hermana del prócer salteño Martín Miguel de Güemes. Mujer brillante en la batalla y en el campo diplomático y tuvo ella, como tantas otras, una influencia central en su hermano, al decidir opiniones en torno a amigos o enemigos.

Frente a este rosario de mujeres argentinas propulsoras de nuestra independencia política, hoy nos detendremos en destacar la vida y cualidades de Juana Azurduy, mujer que tiene un lugar enorme en la historia de la Independencia sudamericana.

Fue una patriota del Alto Perú (actual Bolivia), que acompañó a su esposo Manuel Ascencio Padilla en el liderazgo de grupos guerrilleros que, desde 1809, participaban en las luchas por la emancipación del Virreinato del Río de la Plata.

Ligados con las expediciones enviadas desde Buenos Aires una vez estallada la Revolución de 1810, al mando primero de Antonio González Balcarce y luego de Manuel Belgrano, combatieron a los realistas defendiendo la zona comprendida entre Chuquisaca y las selvas que mediaban hacia Santa Cruz de la Sierra. Vio morir a sus cuatro hijos y combatió embarazada de su quinta hija.

En ese contexto Azurduy lideró la guerrilla que atacó el cerro de Potosí, tomándolo el 8 de marzo de 1816. Debido a su actuación, y tras el triunfo logrado en el Combate del Villar, recibió el rango de teniente coronel por un decreto firmado por Juan Martín de Pueyrredón. Pueyrredón era entonces el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Poco después, el general Belgrano le hizo entrega simbólica de su sable.

Murió indigente el día 25 de mayo de 1862 cuando estaba por cumplir 82 años y fue enterrada en una fosa común.

Había nacido Juana Azurduy de Padilla en Sucre, el 12 de julio de 1780, ciudad entonces situada por fue sitiada por Tupaj Katari y Bartolina Sisa, alzados en armas en apoyo a Túpac Amaru, quien muchos años de nuestra independencia, comenzó por rechazar la presión insostenible de los españoles respecto a maltrato e impuestos a los aborígenes.

Tal vez este espíritu indómito de los pueblos originarios ya cansados de los españoles en el siglo XVIII, marcó para siempre el propio espíritu de Juana.

Con ese impulso, cuando en 1813 junto a su esposo se puso a las órdenes de Belgrano, llegaron a reclutar 10.000 milicianos para la causa de lo que serían más adelante una Argentina y una Bolivia libres. El 14 de noviembre de 1816 fue herida en la Batalla de La Laguna, y su marido acudió a rescatarla y en este acto fue herido de muerte.

En 1825, el Libertador Simón Bolívar, luego de visitarla y ver la condición miserable en que vivía, avergonzado la ascendió al grado de Coronel y le otorgó una pensión. Al salir, le comentó a Sucre, general que aseguró militarmente la independencia de Bolivia, lo siguiente:

"Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre".

Sus restos fueron exhumados 100 años después, para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje en la ciudad de Sucre.

miércoles 16 de noviembre de 2011

La Batalla de la Vuelta de Obligado

El 20 de noviembre de 1845, siendo el general Juan Manuel de Rosas responsable de las Relaciones Exteriores del territorio nacional, fuerzas anglo francesas se habían adentrado el Río de la Plata hacia el río Paraná, para obligarnos a aceptar “su libre navegación” de nuestro río. Una flota fenomenal de barcos de guerra, bien abastecidos, venidos a negociar con la fuerza, por el enojo de los comerciantes ingleses y franceses con la política de Rosas. El gobernador, a quien además las provincias cedieron el manejo de las cuestiones exteriores, quería cobrarles impuestos a sus productos para proteger industrias locales, y evitar que navegaran por nuestros ríos. No es que Rosas, contra lo que algunos dijeron, era un nacionalista fanático, sino con una política pragmática quería evitar que, pese al dominio inglés de nuestro comercio, que ya tenían, avanzaran sobre ulteriores derechos a copar el Estado o los territorios, cosa que venían haciendo en todo el mundo.

De esa manera se manejaron muchas veces los europeos, y más en el siglo XIX. Directamente el Parlamento británico se hizo eco de la queja de unos comerciantes ingleses que querían sí o sí vender productos en nuestro territorio y navegar con ellos nuestras aguas. Para nada ingenuo, el canciller argentino Arana decía ante la legislatura: “¿Con qué título la Inglaterra y la Francia vienen a imponer restricciones al derecho eminente de la Confederación Argentina de reglamentar la navegación de sus ríos interiores? ¿Y cuál es la ley general de las naciones ante la cual deben callar los derechos del poder soberano del Estado, cuyos territorios cruzan las aguas de estos ríos? ¿Y que la opinión de los abogados de Inglaterra, aunque sean los de la Corona, se sobrepondrá a la voluntad y las prerrogativas de una nación que ha jurado no depender de ningún poder extraño? Pero los argentinos no han de pasar por estas demasías; tienen la conciencia de sus derechos y no ceden a ninguna pretensión indiscreta. El general Rosas les ha enseñado prácticamente que pueden desbaratar las tramas de sus enemigos por más poderosos que sean. Nuestro Código internacional es muy corto. Paz y amistad con los que nos respetan, y la guerra a muerte a los que se atreven a insultarlo”.

Pero su Majestad británica, decía una cosa y hacía otra, porque mientras las negociaciones estaban en marcha, la mañana del 20 de noviembre de 1845 desde nuestras costas divisaron las siluetas de cientos de barcos. Algunos de ellos bloquearon el puerto de Buenos Aires nuevamente (ya lo habían hecho los franceses solos en 1838). Lo llamativo entonces fue la conformación de los invasores: se trataba de una flota compuesta por naciones históricamente enemigas, que debutaron entonces como aliadas para imponer sus reglas en nuestras tierras.

La defensa argentina daría risa a cualquier ejército bien pertrechado, se hizo de ingenio criollo y para nada tenía como abastecimiento, las nuevas tecnologías que la revolución industrial le daba a ambas potencias. Los argentinos juntaron tres enormes cadenas para atravesar el imponente Paraná de costa a costa, sostenidas sobre 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de este dispositivo, esperaba heroicamente a la flota más poderosa del mundo, a bordo y al mando de una goleta, el general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas y padre del genial escritor Lucio Víctor, que esa mañana, para arengar a las tropas le dijo lo siguiente:

A ver; les dijo: “¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Tremole el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea”.

Inmediatamente después, cuando aún unas fanfarrias tocaban estrofas del himno, desde las barrancas del Paraná unas baterías abrieron fuego sobre el enemigo, frenado levemente por las cadenas. Estamos hablando de una lucha claramente desigual, la que sin embargo duró varias horas, hasta que a la tarde la flota franco-inglesa desembarcó y se apoderó de las baterías. Cortaron las cadenas y continuaron su viaje hacia el norte. En la acción murieron doscientos cincuenta argentinos y medio centenar de invasores europeos.

Al conocer los pormenores del combate, San Martín escribió esto, desde Francia: “Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido, que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero; ello es que la totalidad se le unirán (…). Por otra parte, es menester conocer (como la experiencia lo tiene ya mostrado) que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de América la misma influencia que lo sería en Europa; éste sólo afectará a un corto número de propietarios, pero a la mesa del pueblo que no conoce las necesidades de estos países le será bien diferente su continuación. Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo que con más o menos pérdidas de hombres y gastos se apoderen de Buenos Aires (…) pero aun en ese caso estoy convencido, que no podrán sostenerse por largo tiempo en la capital; el primer alimento o por mejor decir el único del pueblo es la carne, y es sabido con qué facilidad pueden retirarse todos los ganados en muy pocos días a muchas leguas de distancia, igualmente que las caballadas y todo medio de transporte, en una palabra, formar un desierto dilatado, imposible de ser atravesado por una fuerza europea; estoy persuadido será muy corto el número de argentinos que quiera enrolarse con el extranjero, en conclusión, con siete u ocho mil hombres de caballería del país y 25 o 30 piezas de artillería volante, fuerza que con una gran facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires”.
Hasta un enemigo de Rosas, como Juan Bautista Alberdi, impulsor de nuestra constitución nacional, llegó a decir desde Chile, donde estaba exiliado: “En el suelo extranjero en que resido, en el lindo país que me hospeda sin hacer agravio a su bandera, beso con amor los colores argentinos y me siento vano al verlos más ufanos y dignos que nunca. Guarden sus lágrimas los generosos llorones de nuestras desgracias aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo con colores argentinos: Rosas no es un simple tirano a mis ojos; si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos. Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires; sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo pero no más conocido que el de Rosas; sería necesario no ser argentino para desconocer la verdad de estos hechos y no envanecerse de ellos”.

Poner a Rosas a la altura de Bolívar y Washington, parece el típico agrande argentino. Pero comprendamos que era un gobernador de un país periférico que estaba desalojando ingleses, algo que muy pocos en el mundo podían contar, salvo los norteamericanos por su independencia. De hecho, el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires, William Harris, le escribió a su gobierno: “Esta lucha entre el débil y el poderoso es ciertamente un espectáculo interesante y sería divertido si no fuese porque (…) se perjudican los negocios de todas las naciones”.

En pocas palabras, lo sucedido en la Vuelta de Obligado, obligó a los europeos a reconsiderar toda propuesta de invasión…por lo costoso de planificar y realizar tamaña empresa, vista la capacidad e ingenios demostrados en la resistencia…

Inglaterra ordena el fin del bloqueo en 1847, y los franceses lo hicieron un año después. Una vez más el propio San Martín felicitó a Rosas por su firme resistencia, según quedó escrito en un apartado especial en su testamento donde dijo lo siguiente: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

domingo 20 de febrero de 2011

La Batalla de Salta

Fue un enfrentamiento armado librado el 20 de febrero de 1813 en la pampa de Castañares, lindante con la ciudad argentina de Salta, en el curso de la Guerra de Independencia de la Argentina. El Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano y de Eustoquio Díaz Vélez como mayor general o segundo jefe, derrotó por segunda vez a las tropas realistas del general Pío Tristán, a las que había batido ya en septiembre anterior en la batalla de Tucumán. La rendición incondicional de los realistas garantizó el control del gobierno rioplatense sobre buena parte de los territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata y aseguró temporariamente la región.

Belgrano había aprovechado la victoria de Tucumán para reforzar el ejército a su mando. En cuatro meses logró mejorar la disciplina de las tropas, proporcionarles instrucción y reclutar suficientes efectivos como para duplicar su número. El parque y artillería abandonados por Tristán en la anterior batalla le había permitido organizarse con mucha mayor soltura. A comienzos de enero, buscando marchar tranquilamente para no fatigar a las tropas, emprendió la vanguardia la marcha hacia Salta. El 13 de febrero, a orillas del río Pasaje, el ejército prestó juramento de lealtad a la Asamblea Constituyente que había comenzado a sesionar en Buenos Aires pocos días antes, y a la bandera albiceleste diseñada por Belgrano. La bandera fue conducida por el mayor general Díaz Vélez, a quien llevaba en medio el coronel Martín Rodríguez y el general Belgrano escoltados por una compañía de granaderos que marchaban al son de música. La ocasión —cuya solemnidad fue empleada hábilmente por Belgrano, como lo había hecho en la bendición de la bandera en Jujuy antes del Éxodo Jujeño— dio lugar al rebautismo del río con el nombre de Juramento.

Tristán, entretanto, había aprovechado la ocasión para fortificar el Portezuelo, el único acceso a la ciudad a través de la serranía desde el sudeste; la ventaja táctica que esto le suponía hubiera hecho el intento imposible, de no ser por el superior conocimiento de la zona que los lugareños conscriptos aportaran. El capitán Apolinario Saravia, natural de Salta, se ofreció a guiar el ejército a través de una senda de altura que desembocaba en la Quebrada de Chachapoyas, que les permitiría empalmar con el camino del norte, que llevaba a Jujuy, a la altura del campo de la Cruz, donde no existían fortificaciones semejantes. Aprovechando la lluvia que disimulaba sus acciones, el ejército emprendió la marcha a través del áspero terreno, avanzando lentamente a causa de la dificultad de transportar los pertrechos y la artillería. El 18 se apostaron en el campo de los Saravia, ubicado en esa zona, mientras el capitán, disfrazado de indígena arreador, llevando mulas cargadas de leña hasta la ciudad, con la intención de informarse de las posiciones tomadas por la tropa de Tristán.

El día 19, gracias a la inteligencia de Saravia, el ejército marchó por la mañana con la intención de acometer las tropas enemigas al amanecer del día siguiente. Tristán recibió noticia del avance, y dispuso sus tropas nuevamente para resistirlo; alineó una columna de fusileros sobre la ladera del cerro San Bernardo, reforzó su flanco izquierdo, y organizó las 10 piezas de artillería con que contaba. En la mañana del 20 Belgrano ordenó la marcha del ejército en formación, disponiendo la infantería al centro, una columna de caballería — al mando de José Bernaldez Polledo — en cada flanco y una nutrida reserva al mando de Manuel Dorrego.

La herida de bala que al inicio de la batalla recibiera Eustoquio Díaz Vélez, segundo jefe de las fuerzas y jefe del ala derecha, mientras recorría la vanguardia de la formación, no fue obstáculo para que volviera al campo. El primer choque fue favorable a los defensores, ya que la caballería del flanco izquierdo encontraba dificultad para alcanzar a los tiradores enemigos por lo empinado del terreno.

Poco antes de mediodía, Belgrano ordenó el ataque de la reserva comandada por Dorrego sobre esas posiciones, mientras la artillería lanzaba fuego granado sobre el flanco contrario. Al frente de la caballería, condujo él mismo una avanzada sobre el cerco que rodeaba la ciudad. La táctica fue exitosa; columnas de infantes al mando de Carlos Forest, Francisco Pico y José Superí rompieron la línea enemiga y avanzaron sobre las calles salteñas, cerrando la retirada al centro y ala opuesta de los realistas. El retroceso de los realistas se vio dificultado por el mismo corral que habían erigido como fortificación; finalmente, se congregaron en la Plaza Mayor de la ciudad, donde Tristán decidió finalmente rendirse, mandando tocar las campanas de la iglesia de La Merced.

Un enviado a parlamentar negoció con Belgrano que al día siguiente los soldados abandonarían la ciudad en marcha, con honores de guerra, y depondrían las armas; Belgrano garantizaba su integridad y libertad a cambio del juramento de no empuñar nuevamente las armas contra los patriotas, un gesto inusual que ganó para su causa a no pocos de los combatientes enemigos. El mismo Tristán eventualmente tomaría el bando independentista en Bolivia. Los prisioneros tomados antes de rendición serían liberados a cambio de los hombres que José Manuel de Goyeneche retenía en el Alto Perú.

La generosidad de Belgrano, que abrazó a Tristán y lo dispensó de entregar sus símbolos de mando —los unía una estrecha amistad personal; habían sido condiscípulos en Salamanca, convivido en Madrid y amado allí a la misma mujer—, atraería sorpresa en Buenos Aires, pero la resonante victoria silenció las críticas y le granjeó un premio de 40.000 pesos dispuesto por la Asamblea. Belgrano declinaría recibirlo, disponiendo que el dinero se destinara a crear escuelas en Tucumán, Salta, Jujuy y Tarija; el libramiento de los fondos sería una deuda histórica durante 185 años, hasta que en 1998 finalmente se equipó en Tarija la última destinataria de los mismos.

La fosa común donde se enterraron los 480 caídos realistas y los 103 independentistas fue decorada por el gobernador Feliciano Chiclana con una cruz de madera y la inscripción "A los vencedores y vencidos". Hoy el lugar lo ocupa el monumento del 20 de febrero, proyectado por Torcuato Tasso y erigido en piedra de los cerros y un bronce alegórico. Los relieves que cubren los lados fueron diseñados por la también salteña Lola Mora. El monumento posee cuatro esculturas de bronce en honor a la actuación del general Manuel Belgrano, del mayor general Eustoquio Díaz Vélez, del teniente coronel Cornelio Zelaya y del comandante Manuel Dorrego.

El ejército de Belgrano continuaría camino hacia el norte, para hacer frente a las fuerzas de Joaquín de la Pezuela. Dos derrotas sucesivas, en Vilcapugio y Ayohuma, pondrían fin a la primera campaña del Ejército del Norte.

miércoles 9 de febrero de 2011

La Batalla de Chacabuco

Ya decíamos el año pasado, Año del Bicentenario del primer gobierno patrio en Argentina, que en realidad comienza una década de Bicentenarios. Es cierto. Por que cada día, desde el 25 de mayo de 2010 al 16 de Julio de 2016, se irán cumpliendo doscientos años de aquellos seis años que llevaron de la Primera Junta, a la Declaración Formal de la independencia y toda una constelación de hechos que, además de los papeles, dieron realidad a esta autonomía y origen a una nueva nación.

Cumplimos en esta edición en rememorar uno de esos hechos que fueron garantizando la independencia de Argentina y Sudamérica, la batalla de Chacabuco, contienda decisiva en la que se enfrentaron el Ejército de los Andes, creado por el General José de San Martín en Mendoza, y los ejércitos de realistas españoles, el 12 de febrero de 1817.

No está de más recordar que San Martín, militar nacido en Corrientes, que hizo sus primeras armas en España, volvió a su tierra con una única idea: independizar Sudamérica del dominio español. San Martín cruzó el Atlántico hacia Buenos Aires en 1812, y se insertó rápidamente entre los independentistas locales, que le confiaron la realización de su audaz plan: cruzar los Andes, liberar Chile y luego, por mar, caerles a los realistas por las espaldas del océano Pacífico para terminarlos en Perú.

Y si ni siquiera para un mortal común es fácil trazar esto planes en un papel, el correntino, denigrado por los españoles acusándole de llevar sangre india, en pocos años armó su ejército, le dio una disciplina desconocida y profesionalismos desconocidos hasta entonces y, como un paciente arquitecto al que le negaban recursos y materiales, la dotó de artillería, armas, caballos y alimento.

Con este cargamento, San Martín cruzó la cordillera en 1817 pero, y he aquí su estrategia, envió otros tantos regimientos a hacerlo por otros puntos al mismo tiempo, lo que confundió a Francisco Casimiro Marcó del Pont, jefe chileno de los realistas. Al líder chileno se le hizo muy difícil reunir un ejército, cansado y disminuido tras la derrota de los anteriores intentos trasandinos de independizarse. Simplemente, San Martín se le vino encima, con la ayuda de varios oficiales emigrados chilenos, y alcanzó una victoria fundamental para la continuación de su plan de liberación continental.

La batalla en sí forma parte de la historia militar universal, considerada entre las mejores por su estrategia, nacido del genio y las audacias sanmartinianas, los chilenos y la enorme masa de gauchos, mestizos y afroamericanos que le siguieron en la causa por la liberación. Las columnas se reunieron el 9 de febrero en el Campamento de Curimón y resolvieron atacar en la madrugada del día 12, aplicando una táctica de pinzas por el frente y la retaguardia. Para ellos se dividieron a las tropas disponibles en dos.

Al mando de Miguel Estanislao Soler marchó la 1º División como ala derecha que debía atacar por el oeste, compuesta por varios batallones y escuadrones y 7 piezas de artillería, contando con un total de 2.100 hombres. La 2º División o ala izquierda estaba al mando del chileno Bernardo O’higgins, quien debía atacar por el este; cerca de 1500 hombres y llevaba 2 piezas de artillería. Soler rodeó a los realistas, y O’higgins avanzó por Cuesta Vieja, en dos columnas, enfrentó a los adelantados hasta encontrar al grueso del ejército local, por lo que se replegó al tiempo que mandó comunicar al general San Martín de la situación.

Desobedeciendo las órdenes de San Martín de no comprometer fuego, O’higgins atacó dos veces sin éxito, pero al llegar el Libertador, ordenó al chileno que reagrupara sus fuerzas, y atacara los tres flancos del frente español situados en las colinas. Pronto llegó la división de Soler, lo que consolidó una aplastante victoria, pasada el mediodía a favor de los patriotas. La batalla duró 10 horas. Exultante de alegría por el resultado, San Martín comunicó al gobierno de Buenos Aires que:

“En veinticuatro días hemos hecho la campaña; pasamos la cordillera más elevada del globo, concluimos con los tiranos y dimos libertad a Chile”

miércoles 8 de septiembre de 2010

Domingo Fautismo Sarmiento

Sarmiento nació el 15 de febrero de 1811 en el Carrascal, un barrio pobres de de San Juan. Aprendió sus primeras letras de su padre, José Clemente Sarmiento y su tío José Eufrasio Quiroga Sarmiento. En 1816 ingresó a una de las llamadas "Escuelas de la Patria", fundadas por los gobiernos de la Revolución. Allí conoció a los educadores Ignacio y José Rodríguez, hermanos que fueron sus primeros maestros profesionales.

Doña Paula Albarracín, su madre, quiso que Domingo estudiara para sacerdote en Córdoba. Pero Sarmiento se negó y tramitó una beca para estudiar en Buenos Aires. No la obtuvo y tuvo que quedarse en San Juan donde comenzó a convivir con el clima tenso de las guerras civiles que asolaban la provincia. Marchó al exilio en San Francisco del Monte, San Luis, junto a su tío, José de Oro. Allí fundaron una escuela que será el primer contacto de Sarmiento con la educación. De regreso en San Juan, pudo trabajar como dependiente en la tienda de su tía. En sus memorias recuerda de estas épocas lo siguiente de sus horas libres:

"La Historia de Grecia la estudié de memoria, y la de Roma enseguida…; y esto mientras vendía yerba y azúcar, y ponía mala cara a los que me venían a sacar de aquel mundo que yo había descubierto para vivir en él. Por las mañanas, después de barrida la tienda, yo estaba leyendo, y una señora pasaba para la Iglesia y volvía de ella, y sus ojos tropezaban siempre, día a día, mes a mes, con este niño inmóvil insensible a toda perturbación, sus ojos fijos sobre un libro, por lo que, meneando la cabeza, decía en su casa: ‘¡Este mocito no debe ser bueno! ¡Si fueran buenos los libros no los leería con tanto ahínco!’"

En 1827 los montoneros de Facundo Quiroga invaden la provincia. Esto marcará su vida. Una intuición muy personal le llevó a oponerse al caudillo riojano, y se incorporó al ejército unitario del General Paz. Llegó al grado de teniente y participó en varias batallas. Sin embargo esta era la época de oro de Facundo, quien parecía imparable. El caudillo tomó San Juan y, Sarmiento tuvo que exiliarse en Chile nuevamente en 1831. Allí se empleó como maestro en una escuelita de la localidad de Los Andes. Innovador innato, sus ideas lo enemistaron con el gobernador. Se mudó a Pocura y fundó su propia escuela. Allí se enamoró de una alumna con quien tendrá su primera hija, Ana Faustina.

Cuando vio la oportunidad, en 1836 regresó a San Juan y fundó el periódico, El Zonda. Su pluma clara y encendida le puso en contra al gobierno sanjuanino, que le aplicó al diario un impuesto exorbitante que le llevó a cerrar el diario. Buscó nuevamente suerte en Chile, donde obtuvo éxito como periodista tratando temas de educación y fue convocado como consejero educativo de los sucesivos gobiernos. La libertad de prensa, en vistas de sus vivencias, se convirtió en un valor sagrado para el sanjuanino. Recordó, años después, lo siguiente:

"¿Que es pues un periódico? Una mezquina hoja de papel, llena de retazos, obra sin capítulos, sin prólogo, atestada de bagatelas del momento. Se vende una casa. Se compra un criado. Se ha perdido un perro, y otras mil frioleras, que al día siguiente a nadie interesan. ¿Qué es un periódico? Examinadlo mejor. ¿Qué más contiene? Noticias de países desconocidos, lejanos, cuyos sucesos no pueden interesarnos. (...) Trozos de literatura, retazos de novelas. Decretos de gobierno. (...) Un periódico es el hombre. El ciudadano, la civilización, el cielo, la tierra, lo pasado, lo presente, los crímenes, las grandes acciones, la buena o la mala administración, las necesidades del individuo, la misión del gobierno, la historia contemporánea, la historia de todos los tiempos, el siglo presente, la humanidad en general, la medida de la civilización de un pueblo."

Llevó una vida tranquila en Chile. Se casó con Benita, viuda de Don Castro y Calvo, adoptó a su hijo Dominguito y publicó su obra más importante: Facundo, Civilización y Barbarie. Hizo del periodismo su trinchera para luchar contra Rosas desde detrás de los Andes, donde fundó dos nuevos periódicos: La Tribuna y La Crónica para atacar a quien consideró siempre un tirano. El gobierno chileno le encargo, entre 1845 y 1847, visitar Uruguay, Brasil, Francia, España, Argelia, Italia, Alemania, Suiza, Inglaterra, EEUU, Canadá y Cuba. Las vivencias de un mundo afectado por la revolución industrial, el ferrocarril, los avances incesantes de la ciencia y el progreso social profundizaron su pesar por el atraso argentino, que él sintetizaba con la frase "civilización y la barbarie".

En cada uno de estos países se interesó por el sistema educativo, el nivel de la enseñanza y las comunicaciones. Todas estas impresiones las volcó en su libro Viajes por Europa, África y América. En 1845 conoció en Montevideo a Esteban Echeverría, uno de los fundadores de la generación del ’37 y como él, opositor a Rosas y exiliado. Estando en Francia, en 1846, conoció personalmente al general San Martín en su casa de Grand Bourg, con quien mantuvo una larga entrevista. En Argentina, Rosas pedía su cabeza, y solicitó dos veces la extradición a Chile, pero allí se negaron.

Sarmiento quería civilizar, es decir, desarrollar el país. Como muchos en su época, entendía que la civilización se identificaba con la ciudad, con lo urbano, con lo que estaba en contacto con lo europeo. La barbarie era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho.

Lamentablemente el progreso no llegó para todos y muchos "salvajes y bárbaros" pagaron con su vida o su libertad el "delito" de haber nacido indios o de ser gauchos y no tener un empleo fijo, debido a esta forma prejuiciosa de entender el desarrollo. Su visión sudamericana la marcó en su libro Argirópolis (1850) dedicado a Urquiza, donde postuló crear una confederación en la cuenca del Plata, compuesta por las actuales Argentina, Uruguay y Paraguay, cuya capital estaría en la Isla Martín García. El modelo de organización era la Constitución norteamericana y proponía fomentar la inmigración, la agricultura y la inversión de capitales extranjeros.

Polemizó mucho con otro gran intelectual de su tiempo, Juan Bautista Alberdi, con quien no coincidía en apoyar a Urquiza. Alberdi escribió Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina y Cartas Quillotanas y Sarmiento le respondió con Las ciento y una y Época preconstitucional y Comentarios a la Constitución de la Nación Argentina. Cuando en 1862 el general Bartolomé Mitre asumió la presidencia, y se propuso unificar al país, Sarmiento accedió la gobernación de San Juan. Dictó una Ley Orgánica de Educación Pública que imponía la enseñanza primaria obligatoria y creaba escuelas para los diferentes niveles de educación, entre ellas una con capacidad para mil alumnos, el Colegio Preparatorio, más tarde llamado Colegio Nacional de San Juan, y la Escuela de Señoritas, destinada a la formación de maestras

En dos años cambió la fisonomía de su provincia. Abrió caminos, ensanchó calles, construyó nuevos edificios públicos, hospitales, fomentó la agricultura y apoyó la fundación de empresas mineras. Y como para no aburrirse, volvió a editar el diario El Zonda. Como no muchos en Argentina, lo que había escrito y prometído, podían verlo sus votantes y ciudadanos. En 1863 se produjo en la zona el levantamiento del Chacho Peñaloza y Sarmiento decretó el estado de sitio y como coronel que era, asumió personalmente la guerra contra el caudillo riojano hasta derrotarlo. El ministro del interior de Mitre, Guillermo Rawson, criticó la actitud de Sarmiento de decretar el estado de sitio por considerar que era una decisión exclusiva del poder ejecutivo nacional. Sarmiento, según su estilo, renunció. Corría 1864 y en ese mismo año viajó a los EE.UU. como ministro plenipotenciario de la Argentina. De paso por Perú, donde se hallaba reunido el Congreso Americano, condenó el ataque español contra Perú, a pesar de las advertencias de Mitre para que no lo hiciera. Este era Sarmiento, librepensador e independiente, pese a todo.

Sarmiento quedó muy impresionado por el Asesinato de Abraham Lincoln y escribió la Vida de Lincoln. Frecuentó los círculos académicos norteamericanos y fue distinguido con los doctorados "Honoris Causa" de las Universidades de Michigan y Brown. Esto no siempre se recuerda del padre de la educación Argentina, su enorme prestigio internacional. Estando en los Estados Unidos, un grupo de políticos argentinos los postuló para la candidatura presidencial. Los comicios se realizaron en abril de 1868 y el 16 de agosto, mientras estaba de viaje hacia Buenos Aires, el Congreso lo consagró presidente de los argentinos. Asumió el 12 de octubre de ese año.

En la presidencia anterior, se había suscitado la Guerra con el Paraguay, y Sarmiento toma las riendas del país a pleno combate. La guerra se llevó la vida de su querido hijo Dominguito. El sanjuanino no volvería a ser el mismo. Siguió impulsando la educación fundando en todo el país unas 800 escuelas y los institutos militares: como Liceo Naval y el Colegio Militar que sentaron las bases de nuestras fuerzas armadas modernas. Como había visto en sus viajes, consideró fundamental desarrollar las comunicaciones, por lo que impulsó el tendido de 5.000 kilómetros de cables telegráficos. En 1874, poco antes de dejar la presidencia, inauguró la primera línea telegráfica con Europa. Modernizó el correo y se enfocó también en la extensión de las líneas férreas, con la idea de impulsar el mercado interno como sucedía en Estados Unidos, para unir las regiones entre sí y fomentar el comercio nacional.

Sin embargo, éstos no eran los planes de las compañías británicas inglesas, cuyo único interés era traer los productos del interior al puerto de Buenos Aires para poder exportarlos a Londres, los que además eran los viajes más rentables. En lugar de un modelo ferroviario en forma de telaraña e interconectado, surgió un modelo con forma de abanico impuesto por los inversores ingleses, sin conexiones en el interior. Propició el primer censo nacional en 1869, que arrojó una población de más 1.800 millón de habitantes, de los cuales el 31% habitaba en la provincia de Buenos Aires y el 71% era analfabeto, 5% eran indígenas y 8% europeos. El 75% de las familias vivía en la pobreza, en ranchos de barro y paja. Los profesionales sólo representaban el 1% de la población.

Sarmiento fomentó la llegada al país de inmigrantes ingleses y de la Europa del Norte y desalentó la de los de la Europa del Sur. Creía que los del norte eran más laboriosos y cultos, y que eso aceleraría el desarrollo industrial y la cultura. Pero los sajones preferieron emigrar hacia los EE.UU. donde había puestos de trabajo en las industrias. La argentina de entonces era un país rural, por lo que lógicamente tentaba a campesinos sin tierras, y analfabetos. Entre otras labores presidenciales de Sarmiento hay que mencionar la organización de la contaduría nacional y el Boletín Oficial, la creación el primer servicio de tranvías a caballo, el diseñó de los Jardines Zoológico y Botánico. Y, al terminar su presidencia, más de 100.000 niños cursaban la escuela primaria.

En agosto de 1873 sufrió un atentado mientras se dirigía hacía la casa de Vélez Sarsfield, mientras caminaba la esquina de Corrientes y Maipú. El sanjuanino no escuchó la explosión porque ya padecía una profunda sordera. Intentaron su asesinato dos anarquistas italianos, los hermanos Francisco y Pedro Guerra, contratados por hombres de López Jordán, el caudillo que el sanjuanino había sometido. Salió ileso y se enteró porque se lo contaron después. Una vez terminado su período presidencial en 1874, asumió en 1875 como Director General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, y retomó el periodismo en el diario La Tribuna. Poco después fue electo senador por San Juan. Vivió entonces con su hermana, su hija y sus nietos en la calle Cuyo, actual Sarmiento 1251.

Fue ministro del Interior de Nicolás Avellaneda, aunque se distanció al mes de éste por su política agresiva contra el gobernador de Buenos Aires Carlos Tejedor, en el proyecto de hacer capital federal a la ciudad que actualmente lo es. Con Julio Argentino Roca como presidente, el indomable Sarmiento ejerció el cargo de Superintendente General de Escuelas del Consejo Nacional de Educación, donde siguió supervisando la construcción, el desarrollo de contenidos, la formación y prácticas de los maestros. Encontró un límite casi insalvable en el campo, pues la mayoría de los estancieros no tenían ningún interés en que los peones y sus hijos estudiaran.

Trató de hacerles entender que la educación no pondría en peligro sus intereses. Pero no pudo. Recién en 1882, con la sanción de su viejo proyecto de ley de educación gratuita, laica y obligatoria, que llevó el número 1420, comenzarán a aparecer las escuelas rurales. Data de 1885 una de sus últimas actuaciones públicas. Roca prohibió a los militares emitir opiniones políticas. Sarmiento, que no podía ser él mismo con una mordaza, pidió su baja como militar, y opinó libremente en su diario El Censor.

En 1888 se trasladó a Paraguay para ver si el clima le asentaba. Le acompañó Aurelia Vélez, hija de Dalmacio Vélez Sarsfiled, autor del Código Civil. La mujer fue compañera de Sarmiento durante los últimos años de su vida. El sanjuanino murió el 11 de septiembre de ese año, en Paraguay, como su hijo Dominguito. En una suerte de testamento político que había escrito unos años antes, dijo lo siguiente:

"Nacido en la pobreza, criado en la lucha por la existencia, más que mía de mi patria, endurecido a todas las fatigas, acometiendo todo lo que creí bueno, y coronada la perseverancia con el éxito, he recorrido todo lo que hay de civilizado en la tierra y toda la escala de los honores humanos, en la modesta proporción de mi país y de mi tiempo; he sido favorecido con la estimación de muchos de los grandes hombres de la Tierra; he escrito algo bueno entre mucho indiferente; y sin fortuna que nunca codicié, porque ere bagaje pesado para la incesante pugna, espero una buena muerte corporal, pues la que me vendrá en política es la que yo esperé y no deseé mejor que dejar por herencia millones en mejores condiciones intelectuales, tranquilizado nuestro país, aseguradas las instituciones y surcado de vías férreas el territorio, como cubierto de vapores los ríos, para que todos participen del festín de la vida, de que yo gocé sólo a hurtadillas".

miércoles 18 de agosto de 2010

Éxodo Jujeño

Se denomina Éxodo Jujeño a la retirada hacia Tucumán emprendida por el Ejército del Norte, comandado por el general Manuel Belgrano en la vanguardia y el mayor general Eustoquio Díaz Vélez en la retaguardia, y la población de San Salvador de Jujuy que evacuó la ciudad completa. Tuvo lugar el 23 de agosto de 1812, ante el avance de las tropas realistas provenientes desde el Alto Perú.

En el mes de mayo de 1812, el general Manuel Belgrano, al mando del Ejército del Norte, estableció su cuartel general en la ciudad de Jujuy, ubicada en la desembocadura meridional de la Quebrada de Humahuaca, ruta principal de las invasiones desde el norte. Enterado del avance del numeroso ejército realista, Belgrano reclamó al gobierno de Buenos Aires refuerzos para la resistencia; pero no obtuvo mayores auxilios, debido a que las autoridades del Primer Triunvirato estaban abocadas principalmente a vencer a los realistas fortificados en Montevideo.

Por entonces llegaban hasta la zona las fuerzas patrióticas derrotadas en la batalla de Huaqui. Eran alrededor de 800 soldados, sin armas, afectados por el paludismo y completamente desmoralizados. Belgrano debía reorganizarlos, rearmarlos, restablecer la disciplina y dar ánimos a la población. Para ello se volvió riguroso e inflexible con sus subordinados. Para aumentar el fervor patriótico de la población hace bendecir la bandera de Argentina en la catedral, ignorando aún que la misma había sido rechazada por el Primer Triunvirato (ya que el uso de una bandera propia era un claro signo de independencia, pero aún no se deseaba abandonar la máscara de Fernando VII), lo cual motivó quejas de los mismos.

En lugar de enviar refuerzos para atender al Frente Norte, el Triunvirato, a través de su ministro Rivadavia, y seguramente por iniciativa suya, ordenó la retirada del Ejército del Norte hasta la ciudad de Córdoba.

El gobierno consideraba imposible resistir al ejército de Pío Tristán, que avanzaba desde el Alto Perú, después de haber recibido refuerzos en Suipacha, que elevaban su dotación a 4.000 hombres. La intención del directorio era retroceder hasta Córdoba, donde a las tropas de Belgrano se unirían fuerzas procedentes de la región rioplatense. Ni siquiera el llamado a las armas de todos los ciudadanos entre 16 y 35 años, y la formación de un cuerpo irregular de caballería, los Patriotas Decididos a las órdenes de Eustoquio Díaz Vélez, permitían a Belgrano oponer cabalmente resistencia sin aquellas.

El ejército español se presentó con cerca de 3.000 soldados, comandados por Pío Tristán. Como respuesta, el 29 de julio Belgrano dictó un bando que disponía la retirada:

Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, en que se halla interesado el Excelentísimo Gobierno de las Provincias Unidas de la República del Río de la Plata, os he hablado con verdad. Siguiendo con ella os manifiesto que las armas de Abascal al mando de Goyeneche se acercan a Suipacha; y lo peor es que son llamados por los desnaturalizados que viven entre nosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud. Llegó, pues, la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al Ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres (...)

La orden especificaba que la retirada debía dejar sólo campo raso frente al enemigo, de modo de no facilitarle casa, alimento, ganado, mercancías ni cosa alguna que le fuera utilizable. Los cultivos fueron cosechados o quemados, las casas destruidas, y los productos comerciales enviados a Tucumán. El rigor de la medida debió respaldarse con la amenaza de fusilar a quienes no cumplieran la orden.

La población acató sin mayores actos la medida a partir de los primeros días de agosto, demorándose algo más los vecinos pudientes, que requirieron de Belgrano carretas para transportar sus bienes. Siguiendo las órdenes de Belgrano, los habitantes de Jujuy, a los que se sumaron algunos refugiados procedentes de Tarija y Chichas, abandonaron sus hogares y arrasaron con todo lo que dejaban atrás, a fin que las fuerzas realistas no pudiesen aprovechar ninguno de sus bienes y dejándolos sin víveres para sus tropas.

El ejército finalmente comenzó también su retirada el 23 de agosto en horas de la tarde; se arreó el ganado y se prendió fuego a las cosechas para desguarnecer al enemigo. Belgrano fue el último en dejar la ciudad deshabitada. Los irregulares del coronel Díaz Vélez, encargados antes de observar la frontera noroeste para cuidar de los movimientos de Tristán, quedarían a la retaguardia. La marcha cubriría 50 km diarios, el quíntuple de lo recomendable, para buscar cobijo hacia el oeste.

El general Tristán envió sus avanzadas a hostilizar a los que se retiraban, dirigidos por el coronel Huici. Éste alcanzó a la columna sobre el río de las Piedras, entablándose el combate de Las Piedras. La rápida reacción de Díaz Vélez logró allí una victoria, cayendo en poder de los independentistas el mismo Huici.

El éxito obtenido en el combate de Las Piedras alentó a Belgrano a detener la marcha. Ya desde antes, Belgrano se había apercibido que retirándose hasta Córdoba en espera de la ofensiva de los realistas, éstos podrían fácilmente esquivar las defensas en Córdoba y avanzar directamente sobre Buenos Aires.

De modo que, invitado por los tucumanos, y desobedeciendo las órdenes impartidas desde Buenos Aires de retirarse hasta la ciudad de Córdoba, se haría fuerte en San Miguel de Tucumán, donde hizo frente a Tristán. Comunicó esta decisión al Triunvirato, pero Rivadavia le contestó ordenándolo nuevamente seguir viaje hacia Córdoba. Cuando esa orden llegó, Belgrano -junto con Díaz Vélez en su carácter de mayor general- ya habían derrotado a Tristán en la batalla de Tucumán y habían obligado a las tropas realistas a retroceder hacia el norte. De ese modo, los independentistas recuperaron el control de esa región, control que se hizo completo con una segunda y más completa victoria en la batalla de Salta. Por otro lado, la victoria de Tucumán causó la caída del Primer Triunvirato y su reemplazo por el Segundo, que apoyó más decididamente al Ejército del Norte sin descuidar a Montevideo.

El éxodo jujeño es recordado con gran estima por los habitantes de Jujuy, que cada 23 de agosto conmemoran el mismo. Se considera que la acción de los jujeños de 1812 constituyó un gran acto de heroísmo colectivo que permitió las derrotas posteriores de los españoles. En el año 2012 se celebrará el bicentenario del éxodo. En Octubre 28 de 2002 es promulgada Ley 25.664 originada en un proyecto presentado en el Senado argentino por la cual se declara el día 23 de agosto de cada año, y en conmemoración de la Gesta del" EXODO JUJEÑO", a la provincia de Jujuy como Capital Honorífica de la Nación Argentina.

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