miércoles, 5 de mayo de 2010

Mariano Moreno

Mariano Moreno, protagonista de la acción de la Primera Junta, nació en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1778. Era hijo de Manuel Moreno y Argumosa, funcionario de la Tesorería de las Cajas Rurales; y de Ana María Valle, una de las pocas mujeres que en Buenos Aires sabía leer y escribir, y que por tanto pudo darle a su hijo sus primeras letras.

Dada su condición humilde entre los funcionarios, su familia lo envió a la escuela del Rey y el Colegio de San Carlos, que sólo lo admitió como oyente. Aunque el franciscano Fray Cayetano Rodríguez, uno de sus maestros, le abrió la biblioteca del convento.

Una vez su familia obtuvo el dinero necesario, Moreno partió con 21 años al Norte, para estudiar en la Universidad de Chuquisaca. Allí trabó una profunda amistad con el canónigo Terrazas, hombre ilustrado, quien lo incluyó en su círculo de amigos y discípulos.

Por voluntad de su padre, en 1800 estudió teología y un año después se doctoró e inició los cursos de derecho. En la biblioteca de Terrazas conoció la obra Juan de Solórzano y Pereyra y Victorián de Villalba. Solórzano postulaba la igualdad de derechos para los criollos en su libro Política Indiana. Y Villalba, en su Discurso sobre la mita de Potosí, denunciaba la brutal esclavitud de los indios en las explotaciones mineras:

Más ácida será para la concepción del mundo de Moreno, la lectura en aquella biblioteca de los pensadores del "siglo de las luces". Y el más corrosivo entre ello, Rousseau con su estilo directo y contundente, con frases filosas.

"El hombre es libre –dice el francés en El Contrato Social-, pero en todas partes se halla encadenado".

Ante la miseria aborigen que lo rodeaba, Moreno no pudo menos que secundar la percepción del revolucionario europeo, y en 1802 escribió en Chuquisaca su Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios donde decía entre otras cosas:

"Desde el descubrimiento empezó la malicia a perseguir unos hombres que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la naturaleza enriqueció con opulencia y que prefieren dejar sus pueblos que sujetarse a las opresiones y servicios de sus amos, jueces y curas".

Queda claro que Moreno aborrecía el trato español a los americanos. En 1804, se enamoró de María Guadalupe Cuenca, una joven de Charcas. Se casaron a poco de conocerse y un año después, nació Marianito, su único hijo.

La situación de los Moreno en Chuquisaca se tornó complicada. A Mariano se le dio por defender a varios indios contra los abusos de sus patrones, llegando a inculpar al intendente de Cochabamba y al alcalde de Chayanta. Las presiones aumentaron y Moreno decidió regresar a Buenos Aires con su familia.

En Buenos Aires ejerció su profesión de abogado y fue nombrado Relator de la Audiencia y asesor del Cabildo de Buenos Aires. Lloró amargamente cuando los ingleses invadieron la ciudad en 1806 y 1807.

En ese entonces, los grupos económicos de la provincia estaban divididos en dos fracciones bien marcadas. Los comerciantes monopolistas se enfrentaban con los ganaderos exportadores.
Los españoles querían mantener su privilegio monopólico de traer productos importados de España, lo que encarecía enormemente estos productos, que de por sí ya habían sido importado allí de Francia e Inglaterra. En cambio, los ganaderos querían comerciar directa y libremente con los ingleses, que vivían su revolución industrial y podía abastecer sin intermediación a medio mundo, literalmente. Sus productos baratos no tenían rivales locales.

Además, Napoleón en 1808 había invadido España, lo que paralizó el comercio entre la metrópoli y las colonias, y provocó una angustiosa disminución de las rentas aduaneras de Buenos Aires, principal fuente de recursos de la economía virreinal.

Ante la desesperación, Cisneros tomó una arriesgada medida: aprobó un reglamento provisorio de libre comercio que ponía fin a siglos de monopolio español y autorizaba el intercambio con los ingleses. Los comerciantes monopolistas españoles se opusieron. Moreno escribió entonces una célebre Representación de los hacendados. Allí defiende la libertad de comercio diciendo:

"Nada es hoy tan provechoso para la España como afirmar por todos los vínculos posibles la estrecha unión y alianza con la Inglaterra. (...) Acreditamos ser mejores españoles cuando nos complacemos de contribuir por relaciones mercantiles a la estrecha unión de una nación generosa y opulenta, cuyos socorros son absolutamente necesarios para la independencia de España".

Los ingleses tenían más que claro que nadie que la independencia de América latina le podía asegurar nuevos mercados, por siglos cerrados a un comercio directo. Este interés pudo más que otros en su deseo de apoyar las independencias latinoamericanas. Muchos americanos, ingenua o deliberadamente asumieron este nuevo vínculo con Gran Bretaña como progresista y liberador, y el análisis de la posición de aquellos patriotas frente a esta potencia imperialista ha dividido la opinión de los historiadores al juzgar a Moreno como civilizador o uno de nuestros primeros "vende patria". Sea la audiencia la que juzgue.

La redacción de este documento acercó a Moreno a los sectores revolucionarios, de los que se había mantenido a una prudente distancia. Tal vez por ese lo haya sorprendido el nombramiento como secretario de la Primera Junta de Gobierno, según cuenta su hermano Manuel.

Así llegó este porteño a ser protagonista de la Semana de Mayo. No tuvo una prédica encendida como la de Castelli, ni anduvo por la plaza con los vehementes French y Beruti. En la nueva y futura república su protagonismo comenzó el mismo 25 de mayo de 1810, al asumir las Secretarías de Guerra y Gobierno de la Primera Junta.

Con su pluma, mandó organizar la apertura de varios puertos al comercio exterior, redujo derechos de exportación y redactó un reglamento de comercio para mejorar la económica y la recaudación fiscal.

Creó la biblioteca pública (cuyo primer director fue su maestro de la infancia Fray Cayetano Rodríguez) e hizo editar el órgano oficial del gobierno revolucionario, La Gazeta, dirigido por el propio Moreno, que decía en uno de sus primeros números:

"Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso".

Pero pronto comenzaron sus problemas al rivalizar con el otro hombre poderoso de la junta, su presidente, Cornelio Saavedra. Por una circular del 27 de mayo de 1810, la Junta invitaba a las provincias interiores a enviar diputados para integrarse a un Congreso General Constituyente.

El virrey fue despachado a España en un buque inglés, mientras en Córdoba se produjo un levantamiento contrarrevolucionario de ex funcionarios españoles desocupados, encabezado por Santiago de Liniers, héroe de la resistencia contra las invasiones inglesas.

El movimiento fue derrotado por las fuerzas patriotas al mando de Francisco Ortiz de Ocampo, a quien se le ordenó fusilar a Liniers y a sus compañeros. Ocampo se negó a cumplir la orden por haber sido parte de las huestes de Liniers en la lucha contra los ingleses uno años antes. Moreno se indignó:

"¿Con qué confianza encargaremos grandes obras a hombres que se asustan de una ejecución?"Alegó Moreno contra los que titubeaban, dando muestras de su jacobinismo.
Encargó entonces la tarea a Juan José Castelli, quien cumplió con la sentencia. Moreno, por orden de la junta, redactó un Plan de Operaciones, destinado a unificar los propósitos y estrategias de la revolución. Allí hablaba sin pelos de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar cualquier obstáculo en pos de los ideales revolucionarios.

En este encendido Plan propuso promover una insurrección en la Banda Oriental y el Sur del Brasil, seguir fingiendo lealtad al Fernando VII para ganar tiempo, y garantizar la neutralidad o el apoyo de Inglaterra y Portugal, expropiar las riquezas de los españoles y destinar esos fondos a crear ingenios y fábricas, y fortalecer la navegación.

Saavedra, en este punto, se escandalizó. Veía a un Moreno muy exaltado. Y efectivamente, este porteño y sus seguidores se proponían cambios económicos y sociales más profundos. Pensaba que la revolución debía controlarse desde Buenos Aires, porque el interior seguía en manos de los sectores más conservadores vinculados al poder anterior.

Saavedra, en cambio, representaba a los sectores conservadores a favor del mantenimiento de la situación social anterior. Cambiar las cabezas pero no el sistema todo. Para complicar sus relaciones, en diciembre de 1810, en una fiesta del Regimiento de Patricios uno de los asistentes, un poco pasado de copas, propuso un brindis. Allí, alzando la cabeza algo bamboleante gritó: … "por el primer rey y emperador de América, Don Cornelio Saavedra"…. y le ofreció a doña Saturnina, la esposa de Saavedra, una corona de azúcar que adornaba una torta.

Enterado de esto Moreno decretó el inmediato destierro de Atanasio Duarte, el soldado del brindis, alegando que "...un habitante de Buenos Aires ni ebrio ni dormido debe tener expresiones contra la libertad de su país"; prohibió todo brindis o aclamación pública a favor de cualquier funcionario y suprimió todos los honores especiales de que gozaba el Presidente de la Junta. La pelea entre Moreno y Saavedra estaba desatada.

Moreno, no quería que los diputados, de un interior que juzgaba conservador, participaran de la revolución. Saavedra, hábil, los incorporó al Ejecutivo, y no al prometido Congreso Constituyente. Moreno se opuso pero estaba en minoría y sólo recibió el apoyo de Paso.

El presidente de la junta, para desembarazarse Moreno, lo envió a Europa con la misión de comprar armamento. Moreno aceptó, quizás con la idea de darle tiempo a sus partidarios de revertir la situación, y quizás, también para salvar su vida. Según una carta de Saavedra, fue Moreno el que le pidió irse.

Partió en la fragata inglesa Fama. Soltó amarras el 24 de enero de 1811. Ya venía sufriendo de salud; en alta mar, de pronto se sintió enfermo. Resulta altamente sospechoso que el gobierno porteño hubiera firmado contrato con un tal Mr. Curtís el 9 de febrero, es decir, quince días después de la partida de Moreno, adjudicándole una misión idéntica.

Además, al poco tiempo de partir, Guadalupe, la esposa de Moreno, recibió en una encomienda anónima un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros. Comenzó a escribirle decenas de cartas a su esposo, en la que no podía menos que notar los movimientos políticos de sus enemigos. En una de ellas le decía:

"Moreno, si no te perjudicas, procura venirte lo más pronto que puedas o hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir. No tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? No hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios".

La carta estaba fechada el 14 de marzo de 1811, y como las otras, nunca llegó a destino. Moreno había muerto hacía diez días, tras ingerir una sospechosa medicina suministrada por el capitán del barco. Su cuerpo fue arrojado al mar envuelto en una bandera inglesa. Guadalupe le siguió escribiendo sus fogosas cartas. Se enteró de la trágica noticia varios meses después, cuando Saavedra lanzó su célebre frase: "Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego".

(Material desarrollado en el programa radial EL ALFA Y LA OMEGA, emisión número 439 del 04.05.2010)

0 comentarios:

  © Blogger template 'External' by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP