jueves, 27 de mayo de 2010

TE DEUM DEL 25 DE MAYO

Homilía de Mons. Ariel Torrado Mosconi, obispo auxiliar de Santiago del Estero, en el Te Deum del 25 de mayo de 2010

Desde el corazón de nuestra patria, aquí desde Santiago, tierra adentro, donde se vive el país desde su interioridad, damos gracias a Dios por estos 200 años de existencia como nación. Es justo que sea aquí, en la catedral basílica de esta “madre de ciudades”, ya que al ser fundada allá en 1553 no solo se quiso establecer una ciudad, sino que se comenzó a gestar una nación. Tal como insinúa el poeta “que lindo es ser santiagueño, Señor, y sentirse dueño de tanto, …con la cruz de San Francisco (Solano), con el grito de ¡¡¡Argentina!!!, aquí en Santiago ha nacido la Patria”.

En este bicentenario queremos orar por aquellos, que desde esta tierra santiagueña, nos han precedido poniendo el fundamento de las instituciones básicas del país: gobierno, religión, educación, economía e industria, comprometiéndose, de ese modo, en el apasionante desafío de construir nuestra nación.

Santiago, con su espíritu de madre, lo entregó todo hasta quedar empobrecida, es justo que hoy demos gracias por su aporte a nuestra argentinidad y que renovemos el espíritu cristiano de entrega sabiendo que es eso lo que nos hace un pueblo grande y digno a los ojos de Dios y de todos los argentinos.

Queremos poner ante esa mirada de Dios nuestras luchas y esfuerzos, nuestros éxitos y fracasos, y tomar conciencia que hoy somos nosotros los que estamos escribiendo nuestra historia. Hoy es nuestra oportunidad.

En este marco, sin duda, que esta tradicional celebración religiosa del Te Deum es ante todo una fiesta, pero ha de expresar simultáneamente una actitud penitencial, un espíritu de gratitud por lo que hemos recibido y por todo lo que hemos podido hacer, y al mismo tiempo, una mirada esperanzadora hacia el futuro que se transforma en plegaria.

Por eso, hoy queremos pedir perdón a Dios Padre de todos, por la violencia y la injusticia que ha estado presente durante estos doscientos años y que nos ha llevado muchas veces, a lo largo de nuestra historia, a una sangrienta lucha fratricida.
Agradecer al Señor el don de la libertad que supimos conseguir como uno de los derechos humanos fundamentales que se ha hecho presente especialmente en la democracia.

Encarar el futuro, con la fuerza que viene de Dios, abordando el desafío que nos presenta la familia, la necesidad imperiosa del reencuentro fraterno de todos los argentinos, mejorando la calidad de nuestras instituciones y superando las situaciones injustas que se generan por la pobreza y la indigencia.

En efecto, un primer desafío consiste en fortalecer la familia. La doctrina social de la Iglesia nos enseña que una nación no puede tener futuro sino esta sustentada en esta célula fundamental de la sociedad. Es de esperar que en estos tiempos, caracterizados por la debilidad de los vínculos fundamentales y de fragmentación, velemos por redescubrir la belleza de la familia, como comunidad de vida y amor, como fundamento de nuestra nación y transmisora de los valores. En ella, junto con la escuela, encontramos el ámbito principal de prevención a la drogadicción, la delincuencia y las adicciones de todo tipo que están matando a nuestros jóvenes y socavando el futuro de nuestra nación. Sin una decisión firme en este tema estamos condenados a la disolución como nación, seríamos una sociedad hipócrita que se escandaliza de los efectos que ve, y no se anima a considerar y combatir sus causas.

Dios nos ha hecho hermanos, por eso otro desafío es el reencuentro de los distintos sectores e intereses de la sociedad. No podemos mirarnos con desconfianza y vernos como hostiles enemigos. Pidamos a Dios que podamos afrontar las diferencias como riquezas llamadas a la complementariedad que nos permitan hacer una patria para todos.

Para esto se hace imprescindible que, guiados por el Espíritu de Dios, acrecentemos nuestra capacidad de diálogo sincero, que la luz se haga en la búsqueda incesante de la verdad. Para nuestra Argentina de raigambre profundamente cristiana no es posible buscar la verdad fuera de nuestra identidad cristiana. No es posible una patria sin raíces.

Otro de los grandes desafíos nacionales es el fortalecimiento de las instituciones republicanas procurando la legítima división de los poderes del estado nacional y la honestidad de su dirigencia.

Ciertamente se hace indispensable mejorar la calidad de nuestra democracia. No solo ejerciendo el derecho a elegir a los gobernantes sino movilizándose contra la corrupción, no con escarches, marchas y piquetes, sino con toda la fuerza de la ley y a través de la responsabilidad de nuestro voto. Hoy la nación requiere que se vayan todos los que favorecen la corrupción y permanezcan sólo los hombres y mujeres dignos de conducir el destino de nuestra nación.

Otra emergencia nacional es seguir empeñándose en derrotar la indigencia y poner todos los medios, para que recreando una cultura del trabajo, se pueda superar la pobreza. En este sentido, hemos de esforzarnos como sociedad, para que la educación, como modo de posibilitar un futuro mejor, y la salud pública estén al alcance de todos, y especialmente de los más pobres. Que sigamos avanzando para superar los problemas de tierra y agua que afecta especialmente a los más carenciados, cuidando nuestro bosque y toda nuestra patria, en su ecosistema, para que sea el hogar común de todo el pueblo argentino y podamos legarlo a las próximas generaciones.

Dios, fuente de toda razón y justicia, bendecirá nuestra celebración del bicentenario 2010-2016 y ésta será fructuosa si no nos quedamos ni en nostalgias estáticas del pasado, ni enredados en las coyunturas inmediatistas que se nos presentan hoy, sino si miramos con magnanimidad hacia los desafíos que vienen con verdaderas políticas estables de largo aliento que superen toda mezquindad oportunista. El porvenir de nuestros niños y jóvenes así lo reclaman y la mirada de nuestros abuelos así lo merece.

Hoy todos nosotros tenemos una responsabilidad muy grande. A lo largo de los siglos, Santiago del Estero ha gestado un tesoro cultural, que nos compromete a custodiar los ideales originarios de nuestra nación y a orientar el rumbo histórico de nuestro país.

Es mucho lo que ya se ha podido hacer y por eso es justo que haya fiesta y alegría, pero todavía es largo el camino a recorrer para pasar a ser de habitantes a ciudadanos.

Es mucho lo que ya se ha podido hacer y por eso es justo que haya fiesta y alegría. Es mucho lo que ya se ha podido hacer y por eso es justo que haya fiesta y alegría. La historia nos presenta un desafío apasionante, son tiempos difíciles de cambios vertiginosos, pero son una verdadera oportunidad para renacer como nación. No son tiempos para los mediocres, son tiempos que requieren heroicidad y santidad.

Para estar a la altura de estos desafíos elevemos nuestra oración a Jesucristo, Señor de la historia, al Señor del Milagro de Mailín y digámosle, junto a María de Sumampa, te necesitamos, queremos ser nación.

Mons. Ariel Torrado Mosconi
Obispo auxiliar de Santiago del Estero

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