jueves, 3 de junio de 2010

Miguel de Azcuénaga

Y pasaron los festejos por el Bicentenario. Pero lo cierto es que en realidad iniciamos toda una etapa en la que cada día tendremos algo que cumple dos siglos. Desde símbolos patrios, a nuestras canciones más profundas, desde determinadas acciones militares y políticas, a nuestra declaración formal de la Independencia, a homenajear el 9 de julio de 2016. Entonces, el Bicentenario no sólo no terminó, sino que recién comienza. Esto nos permitirá recordar muchos más hitos, sucesos y grandes personalidades que dieron las puntadas iniciales del tejido cultural que hoy es nuestro país.

En este sentido, presentaremos la biografía de otro gran batallador por nuestra independencia, Miguel de Azcuénaga, el miembro de más edad de la Primera Junta, pues tenía 55 años el día en que juró como vocal el 25 de mayo de 1810. Hombre de campaña y militar, peleó durante las invasiones inglesas y en la Junta tuvo a su cargo las cuestiones militares. Por haber simpatizado con las posturas de Moreno, fue exiliado a San Juan en 1811, pero, al año siguiente, regresó y, desde entonces, ocupó funciones públicas. Fue Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y uno de los constituyentes de 1819. Su protagonismo histórico, como el de muchos criollos gloriosos, no nació en la Semana de Mayo. Era hijo del vizcaíno Vicente de Azcuénaga y de Rosa de Basavilvaso, familias acomodadas y de buenos vínculos políticos.

Miguel se casó en 1795 con su prima Rufina de Basavilbaso, hija de Manuel Basavilbaso y Francisca Garfias. Estos matrimonios endogámicos eran comunes en los territorios coloniales, debido al arraigado esfuerzo de las familias de alcurnia por sostener el abolengo y los bienes patrimoniales. Flora de Azcuénaga, su hermana, se casó con uno de los vascos más ricos del Río de la Plata, Gaspar de Santa Coloma. Ana de Azcuénaga, su otra hermana, se casó con Antonio de Olaguer y Feliú, virrey del Río de la Plata entre 1797 y 1799. Mientras que la hermana de Rosa, María Victoria Basavilbaso y Uturbia, estaba casada con el vasco Domingo Ignacio Urien.

Con este abolengo y recursos, como parte de toda una estructura de parentescos cuyas delicias obsesionan a historiadores y antropólogos, a la familia no le costó mucho enviar a “Miguelito”, como lo llamaba su tío Gaspar, a estudiar a Málaga y a Sevilla en España. Sin embargo, como el ascenso social en la península no era tan fácil para los americanos, decidió regresar. Una vez aquí, se incorporó al ejército como subteniente de artillería. La lucha lo llamó pronto, destacándose en batallas que los portugueses emprendieron contra la Banda Oriental, dado que estuvo siempre en el ánimo de los futuros brasileños de esa época, quedarse con lo que hoy es Uruguay, y la defensa española se organizaba desde Buenos Aires.

Sus méritos le permitieron ascender a coronel en 1802, y se le dio mando de comandante del Batallón de Voluntarios de Infantería de Buenos Aires. En este trance, le tocó tener una importante labor en la defensa y recuperación de estas tierras durante las llamadas Invasiones inglesas, de 1806 y 1807, cuando las habían invadido. Como a muchos criollos, la participación en la defensa local le hizo nacer sentimientos contradictorios: de lealtad a España al mismo tiempo que maduraban en él incómodos deseos de autonomía. La autonomía obligada con la que debieron enfrentar y echar a los ingleses, debido a que la Corona, envuelta en las guerras napoleónicas, poco pudo hacer por nuestras tierras. Por ello, en 1810 participó defendiendo a la Revolución de Mayo, que buscaba consagrar institucionalmente esa libertad de mando y decisión local, pese a que por unos años se siguió diciendo que era una junta a nombre de la defensa de las colonias del rey Fernando VII.

Azcuénaga asumió como vocal el 25 de mayo. Se le encargó la organización Ejército Argentino, creado el 29 de mayo de 1810, fuerza que por tanto nación con la patria. Su tarea no fue sencilla, pues tenía que reclutar hombres sin ocupación de Buenos Aires, genéricamente llamados "vagos y mal entretenidos", gauchos sin rumbo fijo, o sin papeles que demostraran su adscripción a alguna hacienda. Comenzó así el penar de nuestros gauchos, muchos de ellos héroes a regañadientes, pero esa es otra historia. Como comentamos en programas anteriores, entre el presidente de la junta, Cornelio Saavedra, y el Secretario de Guerra, Mariano Moreno, surgió una sorda pero cada vez más evidente interna política, que derivó en la renuncia de Moreno y su partida a Inglaterra, para morir en alta mar. Azcuénaga era partidario de las ideas y modos de Moreno para impulsar y arraigar rápidamente la revolución, lo que era mal visto por los populares y conservadores saavedristas. Eso le valió el destierro a San Juan en abril de 1811.

La caída en desgracia de la Junta Grande y la instalación del Primer Triunvirato en 1811 a manos de los seguidores de Moreno, le permitió a Azcuénaga volver al año siguiente a Buenos Aires. Una vez allí, lo nombraron para diversos cargos públicos, entre ellos, el de Gobernador de Buenos Aires. En 1818 asumió como Jefe de Estado Mayor, organizador del ejército. Al año siguiente participó en el Congreso General que sancionó la Constitución Unitaria, que no llegó a regir por que suscitó el rechazo de los dirigentes y caudillos de las provincias interiores que, en 1820, hicieron caer al Directorio, como se llamaba al gobierno nacional de entonces. Casi una década después, representó a la Argentina en las negociaciones que siguieron a la Guerra del Brasil durante 1828. Haber participado de esas negociaciones le significó que el general Juan Lavalle, de regreso de aquel país, lo expulsara de la capital.

Murió en 1833. Sus restos mortales descansan en el Cementerio de la Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires. Queda como detalle a destacar que, la casa de la quinta de Miguel de Azcuénaga quedaba en Olivos, provincia de Buenos Aires. Fue construida por Prilidiano Pueyrredón, y luego heredada por Carlos Villate Olaguer (tataranieto del Virrey Olaguer Feliú, cuñado de Miguel) quién la donó con la condición de que fuese la Residencia Presidencial. Hoy día se la conoce como “Quinta de Olivos”

(Material desarrollado en el programa radial EL ALFA Y LA OMEGA, emisión número 443 del 01.06.2010)

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