lunes, 5 de julio de 2010

Los Curas de la Revolución

Son muchos los que se pregunten qué rol ocupó la Iglesia Católica en esos meses de 1810 cuando comenzó a gestarse lo que será la República Argentina. Los historiadores coinciden en afirmar que a comienzos del siglo XIX ya existía en el clero local un núcleo mentalmente preparado para la emancipación, y adherían a ideas progresistas en torno a la libertad de los pueblos. En el caso argentino, sólo unos pocos Obispos llegados de España resistieron los cambios que llevaron al derrocamiento del virrey en 1810, y los sacerdotes jugaron un rol esencial para garantizar el surgimiento de la nueva nación.

Y esta rebeldía o crisis entre los criollos, ordenados o no, y las autoridades eclesiásticas peninsulares, tiene su origen en las medidas de los reyes, sobre todo desde la expulsión de los jesuitas entre 1767 y 1768. Y esta crisis se agudizó durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 a Buenos Aires, cuando el Obispo Lue juró lealtad a los ingleses y predicó elogios a los invasores. En el Archivo de Indias consta que, años después, el cabildo de Buenos Aires acusaría a Lué por este antipatriotismo. Pero no fue el único, y otros religiosos españoles siguieron esta actitud e instaron a no resistir a los británicos. En 1808 Napoleón invadió España y apresó a los reyes. A lo largo de lo que hoy es el territorio argentino, muchos políticos y sacerdotes plantearon que el pueblo debía recobrar el poder.

La adhesión de los curas revolucionarios se expresó en el cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 donde asistieron, además del Obispo Lue, 26 sacerdotes. Solo 6 votaron por la continuidad del virrey Cisneros. El resto votó por su cesación. Diecisiete sacerdotes firmaron la petición popular del 25 de mayo para pedir la conformación de una nueva Junta presidida ahora por Cornelio Saavedra, donde se incluía como vocal al Dr. Manuel Alberti, cura de la Parroquia de San Nicolás. Varios sacerdotes ofrendaron sus bienes y personas para sostener la revolución. Participaron en las asambleas posteriores, se sumaron al ejército, fueron miembros de las legislaturas provinciales y los congresos constituyentes, arriesgando incluso su propia vida.

Los integrantes del Primer Gobierno Patrio juraron desempeñar legalmente sus cargos sobre los Santos Evangelios hincados de rodillas y poniendo la mano derecha sobre ellos, a diferencia de los revolucionarios europeos, que tenían un tinte apóstata o eran agnósticos. Pocas horas después se celebró un solemne Tedeum, notificándolo al Cabildo Eclesiástico, quien aceptó sin fisuras los hechos y donó 500 pesos fuertes para cooperar en la formación del ejército que se enviaba al Interior para garantizar la libre elección de diputados en un futuro Congreso. Desde entonces muchos sacerdotes se sumarán a la causa de la independencia, hecho común en toda América latina. En nuestro caso fue con tanta bravura, que el jefe español Goyeneche llegó a expresar “solo los curas podrían hacer fracasar o triunfar la Revolución”.

La historia le dio la razón. Castelli dejó testimonio de este compromiso en el campo de batalla, cuando escribió a la Primera Junta: “Cuento con más de 3.000 indios adiestrados en las armas, que bajo la dirección de los Curas, cuya adhesión al nuevo Gobierno me es constante, no dudaré que nos sean adictos”. Entre esos sacerdotes estuvo el presbítero tucumano Ildefonso Muñecas, clérigo y caudillo en la insurrección popular del Alto y Bajo Perú. Otro fue Fray Luis Beltrán, nacido en Mendoza, que fue designado jefe del parque de artillería del Ejército de los Andes por el General San Martín.

Beltrán tenía profundos conocimientos técnicos en química, matemáticas y mecánica y por eso nuestro Libertador le encomendó la fabricación de cañones, fusiles, municiones y uniformes. Además inventó aparejos que permitieron transportar los cañones a través de la montaña. También se destacó el sanjuanino Fray Justo Santa María de Oro, protagonista en el Congreso que declaró nuestra independencia en 1816. Por su patriotismo y su condición de religioso debió soportar persecuciones, deportaciones, confinamiento y prisión. Hay que sumar a hombres como Esteban Agüero, Pedro Ignacio Castro Barros, Gregorio Funes, Juan Ignacio Gorriti, Mariano Medrano, entre otros tantos. Estos curas prestaron su sapiencia, pluma y pasión a la prensa, la actividad legislativa, la labor diplomática, convirtiéndose en pilares de las nuevas instituciones que fueron consolidando la autonomía local.

Con estos curas revolucionarios, puede verse que la semana de mayo no sólo inició un cambio político. Los sacerdotes advirtieron que era necesario luchar y ayudar a construir respuestas urgentes al resquebrajamiento del dominio español, las crisis en las formas de pensar y pensarse, vivir la fe y la religión de sus fieles. Y más allá de sus diferencias ideológicas, que las tenían, asumieron las exigencias de una nueva patria, y aceptaron el desafío de construir una sociedad nueva.

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